Personas que me cautivaron este 2016: Sherlock White

2016 llega a su fin. Este año al que toca decir adiós me ha dado tantas alegrías, experiencias… Pero sobre todo, me ha dado la oportunidad de conocer personas maravillosas, así como sus miedos, sus deseos y sus historias. Y aquí el motivo de este artículo. Antes de comenzar otro nuevo calendario, me gustaría compartir con vosotros la anécdota que compartió conmigo una de las personas más cautivadoras que he conocido este año: Sherlock White.

Conocí a Sherlock el 16 de julio de 2016, el primer día del campus universitario al que fuí este verano. Tras trece horas en un viejo tren que me transportó de Moscú a Kazán, la ciudad rusa donde me hospedería durante los siguientes 13 días, dejé todas mis maletas en la habitación del hotel- un edificio de madera situado en medio de campos de golf y enfrente del Volga-y bajé al comedor, donde nos esperaba a todos los estudiantes el desayuno: café con leche y arroz hervido.

Por suerte o por casualidad, me senté al lado de un chico flaquito, alto, con una pequeña melena, muy parecida a la de los típicos cantantes de K-Pop. Sin saberlo, sería una de las personas más especiales que conocería en años.

Tras un “What’s your name?” y un “I am Sherlock” siguió una conversación terriblemente profunda, una de esas por las que me siento afortunada de poder viajar -y vivir-.

Sherlock White me contó que acababa de terminar el grado de Telecomunicaciones en Shandong University (China), que haría un máster en Alemania -”porque Alemania es muy buena, muy buena”- y que yo le caía muy bien- ¡qué le vamos a hacer!-. Hasta ahí todo iba normal, hasta que de repente, me contó una de las historias que hicieron que le admirase -uno de mis sentimientos favoritos-.

Tras la segunda taza de café con leche, mi nuevo amigo me contó que hacía dos años decidió aventurarse a vivir durante diez días en un centro de mediación ubicado en un remoto pueblo nepalés.

”¿Quién estaría tan loco como para hacer eso?”, le pregunté.

”Pues yo”, me contestó.

”Pues la verdad que yo también”, pensé.

Si queréis conocer por qué Sherlock tomó una de las mayores aventuras de su vida y qué aprendió una de las personas más hipnóticas que conozco, continuad leyendo. No os arrepentiréis.

”Todo comenzó en un curso de filosofía al que me apunté en mi segundo año de universidad, en septiembre de 2013. Era una introducción a la filosofía dirigida a los fresh-man, pero la gran reputación y fama del profesor que lo impartía hacía que incluso alumnos del tercer y cuarto curso se apuntasen todos los años.

El primer objetivo del curso era dar una visión general sobre las preguntas que habían intentado resolver los grandes filósofos de la historia durante toda su vida. Los asuntos que discutíamos en clase incluían la epistemología, la ontología… así como también comparábamos muchas filosofías diferentes, desde la china a la occidental, pasando por la de la antigua India.
Un día, el profesor nos explicó cómo los filósofos indios, para poder entender el mundo exterior, primero intentaban entender su mundo interior a través de la meditación. Meditaban. Así que, decidí probarlo yo mismo. Viajaría hasta Nepal.

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Sherlock llegando al centro de meditación 

En agosto del 2014, me dirigí hacia Nepal para alojarme en Vipassana Meditation Center, un centro que enseña el arte de meditar a quienes acuden a él. Sin embargo, solo aquellos que siguen unas estrictas reglas durante su estancia pueden permanecer allí. El programa para principiantes era de diez días, pero también se ofrecían cursos de quince, treinta y cuarenta y cinco.

Tengo que decir que fue muy difícil e intensa mi estancia allí. Mucha gente decidió rendirse al tercer día de iniciar el curso. No soportaban meditar diez horas diarias, desde las 4 de la mañana hasta las 9 de la noche -a excepción de las horas para comer y descansar-.

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El exterior de Vipassana Meditation Center

El primer día, antes de comenzar el curso me pidieron que entregase todos mis aparatos electrónicos (móvil, ordenador…), incluso los libros que llevaba conmigo. El objetivo era que me deshiciese de todo lo que pudiese distraerme durante mis meditaciones.

Durante estos tres días, no estaba autorizado a contactar con el mundo exterior, lo que incluía que ni siquiera podía emplear el lenguaje oral ni hacer contacto visual con la gente que se encontraba dentro del centro -excepto con mi maestro-. De esta manera, se desea aportarme un ambiente en el que estuviese totalmente solo, tanto a nivel físico como mental, pues cada segundo que me enfrentaba con mi paz interior, significaba que me estaba comunicando de una forma única con mi yo interior.

En los primeros tres días aprendí la respiración Anabana, que consistía en observar atentamente mi propia respiración constantemente, lo que me resultó muy complicado. Tras esta primera lección, fue más fácil concentrarse, percibir las pequeñas cosas y darse cuenta de los cambios minúsculos que sufría mi cuerpo. Recuerdo cómo un día por la tarde, mientras estaba en un descanso, me senté en un roca fuera de mi habitación. Cerré mis ojos y comencé a respirar lentamente. Pude notar el aire en mi cara de un modo tan puro… Nunca antes lo había notado así.

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White meditando junto a su maestro

Los siete días siguientes, aprendí la meditación Vipassana -”ver las cosas tal y como son”, la técnica de meditación más antigua de la India-. Al mismo tiempo en el que tenía que fijarme en mi respiración, tenía que observar los cambios en mi piel, desde la cabeza a la cara, desde la cara al cuello, desde el cuello al pecho, del pecho a la barriga y a las piernas, hasta terminar en mis pies.

Después de pasar diez días en el centro de meditación, sentí que la piel de mi cuerpo estaba más viva, más… real. De alguna manera pude sentir el tacto del suelo, de mi piel y de la ropa de una manera mágica. Un sentimiento indescriptible. Por ello, no tengo ninguna duda de que volveré a repetir mi viaje a Nepal. Y espero que todos aquellos interesados en la meditación, en la filosofía india o las personas que no puedan apreciar las cosas pequeñas pasen por allí algún día.”

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